
Por qué no publicas y no es pereza
No es falta de ganas ni de constancia. Publicar no es una cosa, son ocho pasos seguidos, y la cadena se rompe por cualquiera de ellos. Encima las ideas buenas llegan en el coche o saliendo de una reunión, nunca cuando por fin te sientas a escribir. Aquí está por qué se te mueren los posts antes de existir.
El problema no eres tú. Es el sistema con el que lo intentas.
En el post anterior te conté mi historia y la frase que lo resume todo: no gana quien más sabe, gana quien se deja ver. Hoy vamos a la primera pieza del asunto. Por qué no publicas.
Te quito un peso de encima antes de seguir. No es por falta de ganas. Lo sé sin conocerte, porque quien no tiene ganas no llega a las nueve de la noche con la cabeza como un bombo de tanto currar. Tú sí. Trabajas más que la mayoría. Vas a eventos, tienes reuniones, aprendes cosas nuevas. No paras. El problema es otro.
No eres un desastre, es que el sistema está roto
Llevas años contándote una historia que no es verdad. Va así: "se me da fatal esto, me falta constancia, los demás pueden y yo no". Y te la has creído. Cada vez que abres LinkedIn y ves al otro publicando, te cae encima un poco de culpa. "Tendría que hacerlo. ¿Por qué no lo hago? Será que soy un desastre."
No eres un desastre. Disciplina te sobra, que para algo aguantas lo que aguantas en tu trabajo. Lo que falla no es la voluntad. Es el diseño. Te lo explico, porque cuando lo veas no vas a poder dejar de verlo.
Publicar no es una cosa: son ocho pasos en fila
Tú crees que publicar es una cosa. "Hacer un post." Una. Como mandar un wasap. Pero no es una cosa, son ocho, y van en fila:
Se te ocurre la idea.
Te tienes que acordar de ella más tarde.
Sacar un rato.
Sentarte.
Pelearte con la página en blanco.
Escribir algo decente.
Releerlo y dudar de si vale.
Buscar una imagen y, por fin, publicar.
Cada uno de esos pasos es una puertecita. En cada puertecita puedes abandonar. Basta con que falle una para que el post no salga. Es una cadena, y una cadena se rompe por cualquier eslabón. No hace falta ser vago para que se te caiga. Basta con ser una persona normal con un día normal.
Y el último paso tampoco es uno solo. Publicar es publicar en LinkedIn, en X, en Threads, en Instagram. Cuatro puertas más al final del pasillo.
Tengo ideas pero no publico: el "luego lo hago" las mata
Pero hay algo peor que la cadena. Es el momento.
Fíjate cuándo se te ocurren las cosas buenas. No delante del ordenador con dos horas libres por delante. Eso no pasa nunca. Se te ocurren conduciendo. Saliendo de una reunión con la cabeza caliente. En un evento, hablando con alguien. En la ducha. O sea: justo cuando tienes las manos ocupadas y no puedes pararte a hacer nada.
Entonces, ¿qué haces? Lo lógico. Dices "esto es bueno, luego lo hago". Ahí, en esas tres palabras, se muere todo.
Porque "luego" no llega nunca en buenas condiciones. "Luego" es por la noche, cuando ya estás para el arrastre. "Luego" es el día siguiente, con otras cuatro reuniones encima. Cuando por fin sacas el rato y te sientas, la idea ya está fría. Te acuerdas a medias. Aquello que te pareció brillante en el coche ahora, escrito, suena soso. Como suena soso, lo dejas. Para luego otra vez. Y ese luego ya no vuelve.
Esto es lo importante, así que párate un segundo. El "luego lo hago" no es un fallo tuyo. Es el sitio exacto donde el momento bueno y el momento de publicar no coinciden nunca. Tienes la idea cuando no puedes escribirla, y puedes escribirla cuando ya no tienes la idea. Son dos trenes que pasan por la misma estación a horas distintas. No se cruzan jamás.
Un ejemplo que te va a sonar
Sales de una comida con un cliente de los de toda la vida. Ha sido una de esas conversaciones que no pasan todos los días, dos que saben del tema hablando en serio.
Vuelves al coche y en el aparcamiento se te ocurre. Una forma buenísima de explicar algo que en tu sector casi nadie entiende, y te ha salido de haberlo hablado en vivo con una persona, no de pensarlo en frío. Piensas: de aquí sale un pedazo de post.
Llegas a la oficina y te caen dos urgencias que no pueden esperar.
A las ocho de la tarde por fin abres el ordenador. Te acuerdas de que tenías una idea buena. De cuál era, ya no tanto. Y si te acuerdas, te acuerdas de un trozo, que sin el resto ya no tiene la gracia que tenía en el aparcamiento.
Así, semana tras semana, vas dejando un reguero de buenos posts que nunca existieron. No los malos. Los buenos. Los que se te ocurrieron en caliente, los que de verdad valían, esos son justo los que se quedan por el camino. Acabas publicando, como mucho, el que recuerdas a medias un martes por la tarde. Que casualmente es el más flojo.
No es pereza, es un problema de diseño
Así que no, no es pereza. Es que el sistema con el que lo intentas está roto de fábrica. Le pide a tu yo cansado de la noche que haga el trabajo que se le ocurrió a tu yo despierto de la mañana. Eso no hay disciplina que lo aguante.
Y un problema de diseño no se arregla apretando los dientes ni motivándote un domingo para cumplir toda la semana. Eso aguanta dos o tres semanas. Esto va de meses.
La buena noticia es que un problema de diseño se arregla cambiando el diseño. No cambiándote a ti. Tú estás bien. Es la forma de hacerlo la que hay que tirar a la basura.


